• Estudios de Complejidad Sintáctica en el Español: Índices Huntianos

    Clasificación de los estudios huntianos en Español

    Los índices huntianos cumplen con el objetivo de ser un instrumento útil para medir tendencias del desarrollo sintáctico posterior a la adquisición del lenguaje, a través de un método cuantitativo, que posibilita su correlación con otros factores. Rimassa (2014), busca explorar el vínculo entre lenguaje y cognición y complementar los estudios de CS en el español. Además, la autora clasifica los principales estudios en el español en esta área y enfatiza que, donde los textos del corpus fueron producidos por adultos, aquellos correspondían a obras de escritores de profesión. En tanto que, en su estudio, los textos escritos fueron producidos por una muestra de sujetos adultos (18-81 años de edad) escolarizados a quienes se les evaluó con el EARE para obtener sus CRI.

     

    Rimassa (2014) complementa los estudios huntianos al incorporar adultos escolarizados (18-81 años de edad), con ocupaciones diferentes y relacionar los índices de complejidad sintáctica con los índices de reserva cognitiva.

     

    Madurez sintáctica y su fenómeno concomitante, la complejidad sintáctica, son términos que surgen de la propuesta huntiana de mediados de la década de 1960. En la propuesta original se sostiene que, a mayor edad, los escolares logran un creciente dominio o habilidad para producir oraciones de mayor complejidad estructural, la madurez sintáctica, que se evidencia en los textos escritos producidos por los individuos, la complejidad sintáctica, siendo un indicador de ella la longitud de las oraciones y la incorporación de procedimientos de subordinación (Hunt, 1965, Hunt, 1970a, 1970b, Véliz et al., 1985, 1991, Véliz, 1988).

    Nos encontramos así, en el área de la producción de textos escritos, con una vertiente investigativa relacionada con el desarrollo de la madurez sintáctica, término acuñado por Hunt (1965). Aquella, es la habilidad lingüística de un sujeto para construir unidades oracionales complejas, las cuales se caracterizan por contener agrupaciones de ideas relacionadas e incrustadas entre sí por subordinación u otros constituyentes oracionales, que se evidencian  en el producto texto de elaborado por los sujetos (Hunt, 1965). El autor propone, valida y comprueba la eficacia de ciertos índices, para el idioma inglés, denominados índices primarios y secundarios.

    Hunt (1965) señala que el desarrollo sintáctico avanza desde estructuras encadenadas, sea por yuxtaposición o por conjunción de oraciones simples coordinadas, hacia el manejo de oraciones subordinadas. Según dicho autor, las oraciones coordinadas son de temprana adquisición y se observa una disminución de las mismas hacia la edad adulta, pasando por una etapa, en la infancia media, donde existe una combinación de coordinadas y subordinadas. En otras palabras, el curso de la complejización sintáctica avanza desde una primera etapa de estructuras coordinadas, hacia otra donde se abandona el número y frecuencia de dichas oraciones, que sigue con un incremento paulatino, pero sostenido, de oraciones subordinadas. De acuerdo con Véliz et al. (1985), este proceso no se detiene en la educación media.

     Así, el supuesto básico en la teoría de Hunt (1965) es que el curso de la complejización sintáctica avanza desde una primera etapa de estructuras coordinadas, hacia otra donde se logra incrementar el uso subordinaciones, lo cual, según su autor, ocurre en la medida que los escolares avanzan en edad mental y cronológica.

    Por su parte, Véliz, Muñoz y Echeverría (1985) señalan que dicha habilidad no se detiene en la enseñanza media, siendo la longitud de las cláusulas uno de los aspectos diferenciadores entre el adulto diestro y el escolar.

    Véliz (1988) valida estos índices para el ámbito hispano, con lo cual desde su instauración hasta nuestros días el método huntiano cuenta con cinco décadas de estudios que avalan su eficacia y permiten señalarla como una corriente ampliamente en boga (Véliz et al., 1985; Véliz, Muñoz, Echeverría, Valencia, Ávila & Núñez, 1991; Véliz, 1988 1999; Rodríguez, 1991; Vásquez, 1991; Gutiérrez-Clellen & Hoffstetter,1994; Torres González, 1993, 1994, 1996, 1997a, 1997b; Espinet, 1996; Romo & Jiménez, 1997; Junco, 1999; López Morales, Samper & Hernández, 2003; Checa-García, 2005a, 2005b; Gutiérrez-Clellenz, Restrepo, & Simon, 2006; Gutierrez-Clellenz & Simon, 2007; Herrera-Lima & Martínez- Hernández, 2007; Bartolomé- Rodríguez, 2008; Manjón-Cabeza, 2010a, 2010b, 2012; Silva, 2010; Silva, Sánchez & Borzone, 2010; Delicia, 2011; Balboa, Crespo & Rivadeneira, 2012; Elías, Crespo & Góngora, 2012; Muse, Delicia, Fernández & Porporato, 2012, Muse & Delicia, 2013). Ahora bien, lo que se ha llamado madurez sintáctica, en Rimassa (2014), cuyos participantes eran todos adultos escolarizados, se denominó capacidad de producir textos sintácticamente complejos, para evidenciar la diferencia respecto de los estudios basados en escolares. 

    Un mayor número de transformaciones es más complejo sintácticamente. Esto es así, de acuerdo con Manjón-Cabeza (2010a), porque “los hablantes operamos con una serie de oraciones básicas mentales que sufren procesos de transformaciones hasta llegar a la ‘superficie’ – en este caso – el texto escrito” (Manjón-Cabeza, 2010a: 183). En este sentido, las reglas de transformación huntianas corresponden a operaciones de “inserción, elisión, sustitución y traslado que actúan sobre dos cadenas subyacentes para juntarlas o incrustar una dentro de la otra” (Veliz, 1988: 106) Ahora bien, dado el carácter cíclico de estas transformaciones, se pueden aplicar un número indeterminado de veces, posibilitando que varias oraciones simples conformen una compleja.

    López-Morales (1993) señala que un discurso inmaduro se refiere a la ausencia de uso de transformaciones de incrustación o elisión y una preferencia por el uso de oraciones simples u oraciones compuestas coordinadas o yuxtapuestas. Ello implica que el autor de los textos “ha llegado a la superficie sin procesamiento sintáctico” (López-Morales, 1993: 125). Adicionalmente, la madurez sintáctica para López-Morales, Samper y Hernández (2003) es una capacidad entrenable que varía entre individuos de diferente edad. Las variaciones corresponden a que un texto con uso “casi exclusivo de oraciones simples que se colocan una tras otra, separadas por punto o por conjunciones copulativas” sería propio de una sintaxis infantil o inmadura (López-Morales et. al, 2003: 9). En cambio, agregan los autores, un texto producido por personas que han recurrido a los mecanismos de que dispone la lengua para combinar dos, tres o más oraciones simples en otra única, sintácticamente más elaborada y más precisa semánticamente, es un texto que refleja mayor grado de madurez sintáctica.

    Hunt (1970a), en su intento por medir la madurez sintáctica, propuso algunos índices que cuantifican el número de subordinaciones y otras estructuras, que se dan dentro de una unidad sintáctica mayor, la unidad-t. Esta unidad consiste en una cláusula principal más toda cláusula subordinada que esté agregada o incrustada en ella (Hunt, 1970a).

    Cabe advertir que, si bien las teorías del generativismo, que dieron base al planteamiento huntiano, han sido reformuladas y, por tanto, el apoyo teórico ha desaparecido; aún así, el resultante empírico sigue siendo valedero y confiable. Al respecto, Checa-García y Lozano (2002) han señalado que“la fundamentación teórica de los índices ha quedado obsoleta, sin embargo no lo han quedado tanto sus resultados empíricos […] El principal objetivo de los índices era obtener una medida objetiva del desarrollo sintáctico. A tal fin los índices siguen siendo fiables” (Checa-García & Lozano, 2002: 344). En este sentido, Checa-García (2005b: 59) agrega que la propuesta huntiana  es “dentro de los índices del desarrollo sintáctico a partir de los 6 años, la más contrastada y refrendada empíricamente”. Adicionalmente, señala la autora, ésta presenta medidas que han sido “ampliamente adoptadas por su objetividad de cara a la segmentación, su facilidad de aplicación y sensibilidad a diversas variables sociales, pero especialmente al curso” (Checa-García, 2005b: 59).

    Hunt (1965), planteó que entre sus objetivos básicos estaba el encontrar unos índices que permitieran el diagnóstico de deficiencias en el desarrollo sintáctico de los escolares y la planificación de programas adecuados a los distintos niveles escolares. Por ello, Checa-García (2005b) recalca que,   “estos fines precisamente hacen más acuciante el que los índices se ajusten a dos condiciones indispensables: la objetividad-que sean replicables – y la significatividad - que los resultados que arrojen sean compatibles con las observaciones más o menos intuitivas formuladas acerca del desarrollo sintáctico, a saber, que aumente con la edad y posiblemente con el desarrollo intelectual alcanzado” (Checa-García, 2005b: 82).

    En otras palabras, siguiendo a la investigadora española citada, estos índices son “válidos para la medición de la variación en función de la edad, para medir el progresivo desarrollo – o su estancamiento si fuera el caso” (Checa-García, 2005a: 275). De esta forma, la propuesta de Hunt (1965, 1970a), validada por su autor en el inglés, ha sido traducida, adaptada y validada al español por Véliz (1988) y sigue vigente hasta nuestros días (Véliz et al., 1985, 1991, Véliz, 1988 1999; Herrera-Lima, 1991; Olloqui de Montenegro, 1991; Rodríguez-Fonseca, 1991; Vásquez, 1991; Torres González, 1993, 1994, 1996, 1997a, 1997b; Espinet, 1996; Junco, 1999; Romo & Jiménez, 2000; López et al., 2003; Checa-García, 2005a, 2005b; Herrera-Lima & Martínez-Hernández, 2007; Bartolomé-Rodríguez, 2008; Manjón-Cabeza, 2010a, 2010b, 2012; Silva, 2010; Silva et al., 2010; Delicia, 2011; Balboa et al., 2012; Elías et al., 2012; Muse et al., 2012, Muse & Delicia, 2013).

     

     

     

     

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